Alquimia en la Corte del Rey Arturo. I

Alquimia en la Corte del Rey Arturo. I

Según narraciones legendarias de los siglos XII y XIII, Chrétien de Troyes, utilizando leyendas de la mitología céltica, compuso hacia 1.182 los 9.000 versos de Perceval o el cuento del Graal. Otros cuatro poetas continuaron la obra. Uno desconocido; posteriormente Wauchier de Denain, y por separado, Manessier y Gerbert de Montrevil. En total 63.000 versos. El eje central de estos poemas es el Graal, un vaso misterioso que contenía una hostia que debía ser el único alimento de un rey.

Robert de Boron continuó la leyenda del Graal entre 1.183 y 1.199, pero esta vez impregnándola extensamente de misticismo cristiano. En su roman de la Historia del Graal, llamado también de José de Arimatea, el vaso mágico se convierte en el cáliz de la cena en el cual José de Arimatea habría recogido la sangre que brotó del costado del Cristo crucificado.

El simbolismo cristiano se acentuó en la serie de romans1 que derivaron del poema de Robert de Boron. En el último de ellos, titulado ‘La búsqueda del Santo Graal’, escrito hacia 1.220, domina el ideal religioso de la Orden del Cister. Muy influenciado también por el simbolismo religioso y el espíritu caballeresco de su tiempo, surgió a principios del S. XIII una versión alemana a cargo de Wolfran von Eschenbach que tituló Parzival, fuente de inspiración para Richard Wagner en su Parsifal.

Esta compilación de narraciones artúricas muestra una estrecha relación con la Alquimia. Contienen en su interior una filosofía tradicional heredada del mundo antiguo. El mundo pagano de los celtas se funde con el cristianismo esotérico de los primeros cristianos. Todo procedente de una misma y mucho más antigua fuente que llamaremos Tradición o saber tradicional y que impregnó especialmente a todos los postulados alquímicos. La relación entre la Alquimia y estos textos es evidente. Basta leer en lenguaje de los pájaros o cábala (de kaballès, caballo de carga) solar o hermética, para que fluya el saber tradicional oculto en su interior. Así, el alquimista es el caballero (en su sentido antiguo de valiente, cortés, desinteresado, caballeroso, honrado, noble) que ha de ir bien sujeto a la montura de su cavale (yegua en latín) y con la carga de los conocimientos antiguos. Por eso el jinete alquimista ha de ser persona cabal, es decir, sensato, justo, completo, equilibrado, pero también experto en la cábala, del hebreo Qabbalá: Tradición, o conjunto de doctrinas místicas y metafísicas de carácter esotérico.

Veamos, mediante algunos ejemplos, cómo fluye la cábala hermética en los textos artúricos.

EL GRAAL.

El término Graal deriva posiblemente del latín gradalis, copa ancha y un poco profunda, aunque para otros deriva de gradale (libro). Para los celtas es la copa de la vida y el caldero mágico de Dagda2. Para los cristianos es el cáliz que recogió la sangre de Cristo.

En la primeras narraciones, el Graal era un vaso que contenía una hostia. La imagen muestra claramente un simbolismo tradicional. El vaso es el receptáculo de la divinidad, símbolo de la Tierra virgen que ha de ser espiritualmente fecundada. Símbolo también de la Virgen María, ya que así la define la letanía de Loreto: “Vas espiritual, vas honorabile, vas insigne devotionis…”.

Es en definitiva el símbolo de la materia que necesita ser fecundada por la chispa divina o energía universal sin la que nada puede existir y evolucionar. En Alquimia se corresponde con el llamado vaso de la Naturaleza, o materia que convenientemente trabajada y sublimada (vuelta sublime), será capaz de atrapar, como si de un imán se tratase, la energía universal que los antiguos alquimistas llamaron, entre otros muchos nombres, spiritus mundi, y que resulta indispensable en la elaboración de la verdadera piedra filosofal.

La hostia es la forma sagrada, el pan eucarístico, símbolo del cordero de Dios que se ofrece en sacrificio.

“En términos alquímicos se corresponde con la piedra filosofal o medicina soberana.

Los cristianos orientales designan los fragmentos del pan eucarístico por el nombre de carbones. Para ellos, el Cristo es el carbón viviente. En forma similar, para los alquimistas, la piedra obtenida de la Gran Obra es el carbúnculo (rubí) de los sabios. Para los cristianos griegos, la hostia era el Dôron, es decir, el don de Dios, vocablo que en las mejores obras herméticas designa tanto a la piedra filosofal como al don divino que necesita el alquimista sin el cual su bendita piedra no se manifiesta. Es verdaderamente esta Medicina (la hostia) la que el sacerdote absorbe en el curso de la Santa Misa para el bien de todos los fieles, como el alquimista que devenido Adepto la toma, él mismo, bajo otra forma”. Éstas son palabras de Canseliet, quien fuera el único discípulo conocido de Fulcanelli.

El Graal, enlazado en su tradición más cristiana, es el cáliz que contiene la sangre de Cristo, sangre que es roja como el color de la piedra filosofal y que otorga la inmortalidad a quien bebe de él, como le ocurre al alquimista Adepto (el poseedor de la piedra filosofal) cuando la toma. Así, la sangre purificadora de Cristo es imagen de la piedra filosofal. El cáliz, instrumento principal en la celebración de la Santa Misa, por su forma representa al crisol de los alquimistas, antiguamente llamado crucibulum (de crucis, cruz), donde la materia es mortificada por el fuego, como el Cristo lo fue en la cruz.

Fulcanelli, el gran adepto del s. XX, interpreta que el gardal de los egipcios es la clave del Graal. “Es en esta bacinilla que contiene el fuego creador, perpetuo y sagrado de las vestales, de los mazdeos y de los hebreos donde se encuentra la respuesta. Entre los egipcios, Serapis se representaba a menudo con la bacinilla de fuego sobre la cabeza. Para los iniciados de Isis, Gardal era el jeroglífico secreto del fuego divino, Dios fuego que se encuentra enteramente en cada ser, ya que todo el Universo tiene su chispa vital.

La sangre que bulle en el Santo Cáliz es la fermentación ígnea de la vida o de la mixtión generadora”. Eschenbach nos dice que una leyenda afirma que el Graal fue tallado por los ángeles utilizando la esmeralda que se desprendió de la frente de Luzbel (o Lucifer. De lux, lucem: luz y ferre: llevar, portar) en el momento de su caída.

Esta imagen simbólica de la piedra esmeralda se corresponde por su color verde con la luz de la Naturaleza, la de la fuerza de la primavera que provoca el renacimiento del mundo vegetal tras el invierno. Es la fuerza de la que habla la Tabla esmeralda, el tratado más simple y más apreciado por todos los alquimistas.

1 Romans courtois, es decir, novela o romance cortés. Conjunto de narraciones caballerescas en verso y prosa que a partir del s. XII introducen en la literatura los ideales de mundo caballeresco, que basados en una concepción del amor y la vida en sociedad tuvieron una gran influencia hasta el XVII, víctima de la genial parodia de Cervantes. Los protagonistas de estos relatos son caballeros que llevan a cabo grandes hazañas, a menudo de carácter fantástico y con elementos sobrenaturales para servir a su dama, quien pasa en convertirse, para su enamorado, en una verdadera divinidad.2 Dagda significa ‘el Buen Dios’, también se le conoce como Padre de Todo, Señor de grandes conocimientos o simplemente Fuego. Es el guardián del gran caldero llegado de otro mundo y que suministra alimento sin fin, de ahí que también se le llamara ‘imperecedero’. Suministra alimento tanto para las necesidades físicas como espirituales. El Dagda lleva junto a él un garrote gigante, que puede tanto quitar la vida como devolverla a los guerreros muertos, por eso se lo considera como uno de los orígenes del Santo Grial.3 De carbunculus: pequeño carbón.

Artículo realizado por Vasilius